Una de las mejores cosas que he hecho últimamente ha sido cambiar mi mesa de trabajo. A simple vista puede parecer algo insustancial, como quien compra un mueble nuevo y lo sustituye por otro porque se ha quedado viejo. Pero es mucho más que eso.

Verás, la mayoría del tiempo estamos pendientes de todo lo que tenemos por hacer, el trabajo, los compromisos, las tareas domésticas, la familia… en fin, lo normal dentro del día a día. Por lo que apenas dejamos espacio para ocuparnos de nosotros mismos y de lo que nos rodea.
Dentro de ese ciclo en el que estamos enfrascados, en general, solemos tomar decisiones sobre la marcha:
– “ ¿Dónde me pongo a hacer esto? Pues aquí mismo.” (Aunque sabes que no es el lugar más adecuado pero te acostumbrarás).
– “Ay, se ha fundido uno de los focos del salón. Da igual, ya la cambiaré, de momento aún hay luz.” (Y sabes perfectamente que no la cambiarás hasta que se fundan dos más).
– “Esta silla es algo incómoda. Bueno, ya compraré otra.” (Y puedes estar así años… mortificando tu espalda, porque piensas que las molestias cervicales no se deben a la silla, sino a las horas de trabajo frente al ordenador).
Y así podría dar una larga lista sobre cómo nos habituamos a las nuevas situaciones sin prestar atención a sus consecuencias. ¿Por qué? Por la conciencia que tenemos acerca del tiempo, que es escaso, del apego a sustituir algo “que aún vale”, o del aspecto económico.
¿Eres consciente de los objetos de tu casa? ¿de lo que te estorba? ¿le prestas atención?
Como sabes, hay que estar pendiente del orden, la limpieza, y de que todos los aparatos eléctricos así como puertas, ventanas y grifos funcionen perfectamente. Pero el mobiliario o incluso la tabiquería de tu casa también tienen su importancia y mucha más de la que piensas.
En feng shui se habla de “flechas envenenadas”, según el argot chino y su interpretación literal, más o menos acertada. Bueno, pues a lo que se refiere en realidad es a estructuras que agreden tu espacio vital, haciendo referencia a esquinas, bordes afilados, antenas y también a tráfico muy rápido o incluso al agua estancada. Dentro o fuera. Feng shui dice que son emisores de energía destructiva.

En el caso de tu casa, el borde de una mesa o de un armario apuntando hacia ti puede dañarte, sobre todo cuando pasas por su lado con prisas. También las esquinas afiladas de la tabiquería o las mochetas con las que te topas por la noche y uno de los dedos de tu pie sufre los estragos del tropiezo. Esto es evidente, va en contra de tu comodidad y del sentido práctico. Pero también tienes que tener en cuenta que en los bordes es donde más energía nociva se condensa, como en las cumbres de los tejados. Imagina un cuchillo, que de tan afilado, corta. ¿Es su borde o es su estado energético?
Las esquinas afiladas a modo de saliente en un espacio, muchas veces se generan por una falta de coordinación en la distribución y paso de instalaciones en la fase de proyecto, aunque a veces son requerimientos de los propios clientes. En la medida de lo posible hay que tener en cuenta cómo se va a vivir cada estancia para evitar estos molestos “salientes” en las paredes y en los techos.
Hay que pensar en las personas.
Una esquina es un borde muy expuesto y por tanto, se ensucia, se desconcha y emite energía de baja vibración, afectándote si estás situado en su punto de mira. No es más que sentido común. En el transporte público, sin ir más lejos, todas las esquinas tienen bordes redondeados, evidentemente, por seguridad. Fíjate en los vagones del metro o del cercanías, ya verás.
Antiguamente se solían enyesar los ángulos de paredes y techos para evitar las esquinas ¿no te suenan los ángulos escocia de la casa de tu abuela?

Pero también es cierto, que es muy de arquitecto, proyectar con líneas rectas, dando una sensación más pura, liviana y minimalista. Pero eso no siempre es así, y de hecho, cada vez más se van viendo superficies curvas. Y no es que yo sea pro-curva, que según el contexto, está muy bien, sino que dependiendo de cada espacio hay que atender a estos aspectos, los pequeños grandes detalles.
Por otro lado, una viga vista, cuando el canto tiene una proporción bastante grande con respecto a la altura de la estancia, también entra dentro del grupo de estructuras agresivas. Lo que genera realmente es una compresión del espacio. Es decir, es condensación de energía en ese punto y si esa viga pasa por encima de tu cama o de tu mesa de trabajo, la sensación que puedes tener es de pesadez, pudiendo afectar a tu rendimiento o a tu salud.
Lo mismo pasa cuando cambia el tiempo y va a llover, las personas más sensibles suelen tener molestias en la cabeza, jaquecas o migrañas. Esto es debido a la bajada de la presión atmosférica.

Las vigas vistas a las que me refiero son las que tienen un tamaño considerable en comparación con la sala. Si son de canto reducido o están aisladas, no pasa nada. Pero si son grandes y ponemos debajo una mesa de trabajo, la cama o el comedor… no es lo más recomendable.
En el caso de la mesa que he sustituido, tenía mi propio obstáculo… Se trata de una mesa de madera y cristal, muy bonita, a la que he tenido que dar otro uso más esporádico. Posee una pieza de lado a lado que impedía que pudiese mover las piernas con soltura. Algo fundamental cuando se pasa mucho tiempo frente al ordenador. Ahora ¡puedo estirar las piernas!
Las pequeñas cosas del día a día, cómo se te presentan y cómo las vives, son el reflejo de tu vida. Verás que todo, por pequeño que sea, tiene su razón de ser a mayor escala.
Las piernas son las que nos llevan a nuestro destino, fomentan el impulso de la vida, como puedes ver en este fantástico vídeo de María Talavera. En él nos cuenta cómo fomentar el movimiento en el cuerpo para materializarlo en la vida.
Por eso, ten presente siempre tu bienestar a lo largo de todo el día. Observa todo tu alrededor y sobre todo aquellas zonas donde más tiempo pasas, como tu dormitorio o tu despacho, ¿ves o notas algo que te molesta o te estorba?
Interesante